
¡Digno de lástima, en verdad, es el hombre que sacrifica los años mejores de su vida, al afán avieso de acumular millones y más millones! Sumido en su agobiador trabajo desde las horas primeras del día hasta las más altas de la noche, supone que es tiempo perdido dedicar diariamente unos pocos minutos a la adquisición de un carácter íntegro, armónico, equilibrado, de manera que sus cualidades le aseguren la serenidad y ecuanimidad del ánimo, por serias que sean las pérdidas materiales o por graves que fueran los infortunios que tuviese que soportar y sufrir.
Nos parece a la mayoría de nosotros que los bienes más valiosos caerán entre nuestras manos sin esfuerzos, sin un adiestramiento especial, ni ninguna disciplina de la voluntad. Es posible que así ocurra en el caso de unos pocos seres nacidos en una cuna de oro y en un ambiente familiar favorable; pero la gran mayoría de los hombres habemos menester de una dirección o de un esfuerzo inteligente y activo.
Herbert Spencer expresa lo siguiente:
«No existe procedimiento alguno de alquimia susceptible de extraer una conducta de oro de instintos plomizos. Pueden los instintos transmutarse, empero. Es posible injertar nuevos retoños en el tronco y guiar al árbol hacia una nueva dirección, de modo que el carácter áureo arroje como resultado una conducta aquilatada».
Resulta muy fácil enderezar el brote tierno del árbol y guiarlo en una dirección indicada por los tutores, para que, una vez crecido, se eleve gallardamente lozano, rectamente hacia el cielo. Del mismo modo seríale harto fácil a la madre, si pudiera cómo hacerlo, disciplinar la mente de su hijo y alejarla de todos sus pequeños enemigos, los pensamientos de temor de tedio, de desánimo, de enfermedad, de fracaso, y también de otros de índole viciosa e inmoral.
En el régimen educativo de antaño, se fundaba la formación del carácter en la manía nefasta de enrostrar a cada instante las faltas, los vicios y los defectos del alumno. Recordaban los padres, tutores y maestros al infeliz muchacho, cien veces y hasta más al día, cualquier defecto de su carácter, hasta que finalmente imaginábase el desventurado que el defecto tan reiteradamente señalado lo llevaba como impreso en su temperamento, y que por lo tanto, resultaría perfectamente inútil todo cuanto hiciera para proceder a su eliminación.
Este modo de forjar el carácter resulta tan contraproducente como el de quien, para alcanzar el éxito o lograr el triunfo final, piensa a perpetuidad en el fracaso.
El pensamiento perenne en los defectos y en las faltas de alguien arraigar cada vez más esos defectos y faltas, hasta que llegue el momento en que no sea ya posible descuajarlos.
Lléganos poco a poco a ser refractarios a las buenas cualidades por pensar con exceso en las características siniestras. Ocurre con bastante frecuencia que algunos estudiantes de medicina de un temperamento extremadamente delicado, advierten los síntomas de la dolencia que estudian en el texto de Patología Interna, la contraen a veces debido a sugestión mental.
Por el contrario, pensar continuamente en las cualidades armónicas y saludables del carácter, es una gran ayuda para el logro del éxito y el alcance de la felicidad.
Se va forjando y fortaleciendo el carácter, con sana entereza, por medio del injerto de la sugestión de las virtudes contrarias al vicio predominante.
Epícteto, hace más de mil ochocientos años, expuso la siguiente regla de filosofía moral y de técnica psicológica, expresando:
«Solo pueden corregirse las costumbres viciosas contrayendo las opuestas. ¿Eres hombre voluptuoso? Domínate mediante el dolor. ¿Vives en la ociosidad? Dedícate al trabajo. ¿Eres de carácter irascible? Soporta con paciencia las injurias. ¿Te has entregado a la bebida? Bebe agua tan solo. Has lo mismo con las demás costumbres viciosas y habrás de advertir muy pronto que no trabajaste en vano. Mas asegúrate bien para no volver a incurrir en falta, porque la lucha es desigual aún».
Volverá a derrotarte el enemigo que antes te venció. Habrá de constituir toda la diferencia entre el triunfo y la derrota, entre la felicidad y la miseria, un poco más de cuidado en la elección del vocabulario del niño, enseñándole que son las palabras vibraciones tan efectivas como las eléctricas y que estampan en la mente ajena las imágenes que evocan.
Por lo consiguiente, seria fácil ayudar al párvulo en la selección de vocablos representativos de imágenes de vida y de alegría, de claridad y de paz, de bienestar y de felicidad, apartan aquellas otras palabras que implican pensamientos, ideas o imágenes de hostilidad y de discordia, las cuales emponzoñan la mente al grabarse en la misma, basta malograr finalmente la vida.
En los jardines Infantiles fundados por el imperecedero pedagogo Federico Froebel, los niños se entretienen jugando durante las horas de los recreos, en diversiones sugeridas por las maestras, sin mengua de la indispensable espontaneidad para su eficacia educativa. Las maestras saben despertar con estos juegos las cualidades armónicas, los sentimientos de justicia de respeto, de cooperación, de tolerancia, y todos los demás que constituyen los fundamentos de cualquier sociedad realmente civilizada.
El jugar a las visitas, por ejemplo, despierta en el niño el espíritu de caballerosidad y cortesía con una fineza tal de modales, que arraigan finalmente en costumbre perdurable y definitiva. Es el hogar ideal una escuela perenne de enseñanza, en la cual los niños practican en todo momento ejercicios de valor, de cortesía, de honestidad y de verdad; aunque parezca al principio una cosa en juego, llega a trocarse en natural en ellos, embelleciendo y vigorizando el carácter.
Es posible robustecer cualidades deficientes en apariencia, en los jóvenes. En la actualidad se considera perfectamente factible forjar un carácter recio mediante el continuo, científico y conveniente ejercicio del empleo de la energía mental.
Los actos deliberados que constituyen el ejercicio, avivan las células cerebrales correspondientes, hasta que las mismas responden a la mínima sugestión afín; así como responde espontáneamente el cerebro con el resultado exacto, cuando efectuamos una operación aritmética a la cual estamos acostumbrados desde hace mucho tiempo.
En los comienzos, ser preciso insistir en el pensamiento y repetir la sugestión varias veces; mas transcurrido cierto lapso, la reiteración se torna automática en el cerebro, y de una manera absolutamente maquinal practicamos en él las operaciones de la matemática. De la misma manera estamos en condiciones de afirmar en nuestro carácter las deseadas cualidades.
Es suficiente, para ello, mantener con persistencia fijo el pensamiento en la cosa ansiada, hasta que la nueva estructura cerebral originada por ejercicio, llegue a convertirse en predominante y la característica en cuestión se establezca de un modo automático, cumpliendo de esta suerte la ley que expresa: al que posee más le dará y al que nada posee, incluso lo que tenga se le quitará.
Alguien ha notado que el adiestramiento manual, o lo que denominan los pedagogos «labores o trabajos manuales» en la educación primaria influye de poderosa manera en el cerebro, y robustecen en un grado considerable las deficientes facultades de los niños.
Un niño de temperamento apático y holgazán, cuyas facultades prácticas sean rudimentarias, puede sacudir su pereza e invertir su apatía en actividad jubilosa, por medio de las labores o de los ejercicios manuales que despierten en él cariño al trabajo.
No bien halla un motivo poderoso para el ejercicio manual que le excite la curiosidad y le avive el Interés, las hasta ese instante inertes células cerebrales correspondientes a las facultades prácticas que habrán de servir de contrapeso a la imaginación, se pondrán en vibración continua.
De la misma manera al estimular el sentimiento de dignidad, el de emulación, y la propia confianza del niño, incitándolo a colocarse al nivel y también a superar, si ello es posible, a sus compañeros más adelantados, activaránse de saludable modo las facultades de que la impresión de carecer, porque están dormidas.
El cambio de ambiente tiene que favorecer muchas veces, de una manera admirable, el progreso de un joven cuyos padres no aguardaban nada de él en las condiciones de la existencia doméstica. Éstos, son aquellos jóvenes de quienes se acostumbra decir que no se apartaron nunca de la falta de la madre, y dan la impresión de que se hallan cohibidos y alelados por su ingenuidad excesiva rayana en la insulsez; pero no bien empiezan a trabajar en una oficina, en un taller, o en una fábrica se avivan y cambian radicalmente de carácter y de manera de ser.
El doctor A. T. Schofield expuso medios gracias a los padres pueden contribuir a la formación del carácter de sus hijos. Los medios citados se pueden resumir en los que expondremos a continuación:
- Establecer costumbres, hábitos de valor moral en el niño.
- Regular el ambiente de tal manera que el niño reciba tan solo sugestiones beneficiosas en el orden físico, moral e intelectual.
- Infundir al niño ideales elevados que propendan al desarrollo de sus superiores facultades.
- Habituarnos a pensar y a discernir de por sí mismos, con ideas propias en todas las cuestiones que se planteen, pero tratando de evitar, en lo posible, los errores por demás evidentes o manifiestos.
- Hacer uso proficuo de las circunstancias, para robustecer las facultades morales, el valor personal entre las mismas, y la necesaria resistencia para soportar y sobrellevar las contrariedades, aunque no en una medida tan considerable que los desanimen.
- Hacer balancear todas las inclinaciones, de modo que el niño fortalezca los sentimientos de tolerancia y de imparcialidad, y evite el unilateralismo tan funesto del cual emana la obcecación, el empecinamiento y la testarudez.
- Robustecer la voluntad para que sea capaz de llevar a buen término sus decisiones una vez adoptadas, previa una deliberación en extremo cuidadosa, y no sea de aquellos que a cada instante cambian de opinión, y están siempre de acuerdo con el último en charlar.
- Infundirles la repugnancia de lo malo, de lo dañoso y de lo feo.
- Aumentar el sentimiento de responsabilidad consigo mismo, con sus semejantes, y con la divina ley moral.
La persona que se proponga aplicar estas reglas a la reforma de su carácter rebasada ya la segunda infancia, no debe perder tiempo formulando quejas y lamentaciones sobre sus vicios, sino cultivar de inmediato las opuestas virtudes, colmando su mente de pensamientos e ideas de amor y afecto, de esperanza, de alegría y de optimismo, virtudes todas éstas que tendrán que reflejarse en la acción.




