Curiosidades

MI primera proyeccion astral conciente II

Teniendo siempre presente el hecho de que el astral es el Yo real y vivo, mientras que el físico sólo es una especie de envoltorio, pasaremos ahora a considerar lo que ocurre realmente cuando tiene lugar una proyección astral. Para ello describiré la primera proyección consciente que yo experimenté. Debe tenerse en cuenta, sin embargo que no todas las experiencias son iguales y que si, siguiendo las reglas de este arte, que más adelante detallaremos, el lector logra proyectarse, es muy posible que su experiencia no coincida en todos sus aspectos con la descripción que aquí doy de las mías.

Era yo a la sazón un chico de doce años, poco preocupado por los problemas más serios de la vida. Pese a que otros miembros de mi familia habían realizado en cierta medida estudios de lo oculto, no sabía prácticamente nada por entonces, de la vida superior. Había oído, sí, que vivimos después de la muerte, pero eso era todo cuanto sabía al respecto y ni aún eso era objeto de preocupación para mí.

Tras la lectura de algunos libros de espiritismo mi madre, impulsada por la curiosidad y el deseo de determinar si todo aquello eran hechos verdaderos o ficticios, decidió visitar el campamento instalado en el valle del Misisipí de la Asociación espiritista de Clinton, Iowa. Yo la acompañé, junto con mi hermano menor, y allí tuvo lugar el hecho que ahora relataré.

Aquella noche nos retiramos a hora temprana, alojándonos en una casa donde estaban parando media docena de médiums famosos. Alrededor de las 10:30 de la noche me dispuse a dormir, exactamente con la misma naturalidad que siempre, entregándome al sueño durante varias horas. Al cabo de este tiempo me di cuenta de que me estaba despertando lentamente, aunque aparentemente no podía volver a dormirme ni tampoco despertarme por completo. En medio de este desconcertante sopor, supe (en mi interior) que yo existía en alguna parte, de alguna manera, en un estado impotente, silencioso, oscuro e insensible.

Y sin embargo todavía me mantenía consciente; era ésta, en verdad, una desagradable contemplación del ser. Nuevamente lo repito: era consciente de que existía, pero dónde, eso era, al parecer, lo que no podía comprender. Mi memoria no podía ayudarme en esto. La estupefacción que se experimenta al despertarse bajo la influencia de un anestésico es muy semejante. Estaba convencido de que me hallaba en vías de despertarme de un sueño natural en forma natural, y sin embargo no podía seguir más allá. Un único pensamiento dominaba mi mente: ¿dónde estaba yo? ¿dónde estaba?

Gradualmente —a mí me pareció una eternidad, pero en realidad sólo debe haberse tratado de un corto intervalo— me torné más consciente del hecho de que me encontraba reclinado en alguna parte. A estas ideas medianamente claras siguieron ideas algo más nítidas y a poco creí saber que me hallaba recostado en una cama, pero sintiéndome todavía desconcertado en cuanto a mi ubicación exacta. Traté de moverme, de determinar en qué medio me hallaba, para sólo comprobar mi impotencia, como si hubiese estado adherido al objeto sobre el cual descansaba. Adherido, ésa era la sensación exacta. Si uno se encuentra consciente al comenzar la exteriorización, es frecuente sentirse como pegado, sujeto, en una completa inmovilidad.

Lo peculiar de este fenómeno es que uno pueda estar consciente y sin embargo, incapacitado de moverse. Yo llamo a este estado «catalepsia astral», pues no existe ningún término para designarlo. Más adelante estudiaremos al detalle la catalepsia astral. Basta decir por ahora, que la catalepsia astral puede hacerse presente ya sea con o sin el funcionamiento de los sentidos y con o sin conciencia, pues la catalepsia astral es un control subconsciente directo.

Finalmente cesó la sensación de adherencia, pero sólo para ser reemplazada por otra igualmente desagradable, a saber, la de flotar. En todos sus puntos simultáneamente, todo mi cuerpo rígido —creí entonces que era el cuerpo físico, pero en realidad se trataba del astral—comenzó a vibrar a gran velocidad en la dirección vertical y sentí una tremenda presión sobre la nuca, en la región del bulbo raquídeo. La presión, sumamente intensa, era ejercida con impulsos regulares, como si su fuerza hubiera hecho pulsar mi cuerpo entero.

Todo esto me pareció a mí una especie de extraña pesadilla sumido como estaba en la más profunda oscuridad, pues no sabía entonces, por supuesto, lo que en realidad estaría ocurriendo. En medio de este maremagnum de extravagantes sensaciones —vibraciones, flotamiento, zigzagueos y tirones de la cabeza— comencé a escuchar algunos sonidos familiares, aparentemente remotos. El sentido del oído empezaba a funcionar. Traté de moverme, pero todavía en vano, como si me hubiese hallado presa de una misteriosa fuerza sobrenatural.

A la recuperación del sentido del oído siguió inmediatamente la del sentido de la vista. Cuando pude ver, quedé más que asombrado.

No hay palabras que puedan describir mi azoramiento. ¡Estaba flotando! Estaba flotando. En el aire, con rígida horizontalidad, a unos pocos pies de la cama. Ahora pude captar la habitación y mi ubicación exacta. Las cosas presentaban un aspecto neblinoso al principio pero comenzaban a aclararse. Sabía muy bien donde estaba, pero no podía explicarme mi extraño comportamiento. Lentamente, zigzagueando todavía bajo la fuerte presión sobre la nuca, avanzaba en dirección del cielo raso, siempre situado horizontalmente e incapaz de determinación voluntaria.

Naturalmente, creía que éste era mi cuerpo físico, tal como siempre lo había conocido pero que misteriosamente había empezado a desafiar la gravedad. Demasiado increíble para que lo comprendiera, era, sin embargo, demasiado real para negarlo; en efecto, hallándome consciente, en pleno uso del sentido de la vista, no podía dudar de mis facultades. Sin intervención de mi voluntad, a una altura de algo menos de dos metros sobre la cama, como si el movimiento hubiera sido conducido por una fuerza invisible presente en el espacio, pasé de la posición horizontal a la vertical, quedando finalmente colocado de pie sobre el piso de la habitación. Allí permanecí durante unos dos minutos. incapaz todavía de moverme voluntariamente, la vista fija hacia adelante. Me encontraba todavía bajo el efecto de la catalepsia astral.

Entonces desapareció la fuerza que me controlaba. Me sentí liberado, percibiendo tan sólo la tensión en la nuca. Di un paso y la presión aumentó al instante, desviando mí cuerpo en un ángulo agudo. Me las compuse para girar sobre mi mismo. ¡Había dos yo! Ya empezaba a creer que me había vuelto loco. Otro «yo» parecía descansar tranquilamente sobre la cama. Me resultó difícil convencerme de que esto era real, pero mi lúcida conciencia no me permitía dudar de lo que mis ojos veían.

Mis dos cuerpos idénticos se hallaban unidos por medio de un cable elástico, uno de cuyos extremos estaba sujeto a la región del bulbo raquídeo del individuo astral, en tanto que el otro extremo caía entre los ojos del cuerpo físico yacente. Este cable se extendía a lo largo de los dos metros que nos separaban. Todo este tiempo me resultaba difícil mantener el equilibrio, oscilando primero hacia un lado y luego hacia el otro.

Ignorando el verdadero significado de mi condición, mi primer pensamiento, al ver este espectáculo, fue que me había muerto durante el sueño. No sabía entonces que la muerte sobreviene únicamente tras la ruptura del cable elástico. Avancé con esfuerzo bajo la influencia magnética del cordón, hacia los seres terreros consanguíneos que dormían en la habitación contigua, con la esperanza de despertarlos y hacerles saber la terrible nueva. Intenté abrir la puerta, pero de pronto me encontré atravesándola. Un nuevo milagro para mi mente no poco confundida.

Yendo de un cuarto a otro, traté fervientemente de despertar a los dormidos ocupantes de la casa. Los llamé, los sacudí, me aferré a ellos, pero mis manos pasaban a través de sus cuerpos como si sólo hubieran sido vapores. Comencé a gritar. Quería que ellos me viesen; pero eran incapaces incluso de percibir mi presencia. Todos mis sentidos parecían normales salvo el del tacto. Aparentemente, no podía realizar ningún contacto con las cosas, como en mi vida anterior. Un automóvil pasó frente al hotel y lo pude ver y oír perfectamente. Pasado un rato, el reloj dio las dos y al mirarlo vi que era efectivamente esa hora.

Comencé a vagar por el lugar, lleno de ansiedad, esperando que al llegar la mañana alguno de los que ahora dormían se despertase y me viese. Según recuerdo, anduve por las distintas piezas durante unos quince minutos, cuando percibí un acentuado aumento en la resistencia del cable. Ahora me arrastraba cada vez con más fuerza. Bajo la acción de esta fuerza comencé a zigzaguear nuevamente y pronto descubrí que era arrastrado de regreso al cuerpo físico. Una vez más me encontré incapacitado de moverme. Una vez más me hallaba en manos de una fuerza invisible, tremenda, todopoderosa. Me hallaba en estado de catalepsia, otra vez volví a adoptar la posición horizontal directamente encima de la cama.

Fue exactamente el proceso inverso del que había experimentado al elevarme sobre la cama. Poco a poco el espectro descendió, vibrando nuevamente al así hacerlo, y luego cayó bruscamente, entrando una vez más en coincidencia con el cuerpo físico. En el momento de la coincidencia, todos los músculos del cuerpo se estremecieron y experimenté un dolor punzante como si me hubiesen desgarrado en dos mitades. Nuevamente poseía vida física; perduraban todavía en mi los efectos del terror y el desconcierto, y durante toda esta experiencia me había mantenido absolutamente consciente.

Con posterioridad a esta aventura que acabo de relatar, experimenté cientos de nuevas proyecciones, con innumerables variantes de las sensaciones acotadas mas arriba, pero describiendo el movimiento corporal siempre la misma trayectoria seguida en aquella primera experiencia. Aunque la repetición trae consigo como consecuencia natural una mayor perfección, fue aquélla, sin duda, una de las más insólitas proyecciones de iniciación registradas, en cuanto a la lucidez consciente se refiere puesto que su nitidez no ha sido siquiera alcanzada muchas veces ni aún por médiums conocidos.

Si bien es mi opinión personal que yo me encuentro dotado de un oculto poder natural para proyectar mi ser interior fuera del cuerpo, también me inclino a atribuir el carácter extraordinario de esta primera exteriorización consciente al hecho de que en las habitaciones contiguas a aquella que yo ocupaba se hallaban durmiendo varios médiums. Es un hecho, como la mayoría de los estudiosos de lo oculto lo saben, que puede establecerse una línea de fuerza entre determinadas personas en beneficio de otra persona. Más adelante volveré sobre este punto en la medida en que se relaciona con este fenómeno.

En mi descripción omití, de intento, muchos detalles sobre los cuales habré de detenerme sólo cuando hayamos avanzado más profundamente en nuestro estudio. Largo en verdad es el cuento que podría narrarse de la vida en el plano astral, de la relatividad terrena, de la asociación de espectros, etc.; sin embargo no hay enfoque susceptible de ser reducido a lápiz y papel que pueda expresar con fidelidad todo aquello. Pospondré pues mi tentación de explayarme sobre este punto, a fin de realizar una exposición más analítica del fenómeno de la exteriorización astral de las formas de su producción.

Sin duda la primera objeción que levantará el escéptico, y aun algunos de los investigadores de lo sobrenatural, contra el proyector consciente, es que éste no abandona en realidad su cuerpo físico, sino que cuanto pretende haberle sucedido no es sino un sueño indeleblemente grabado en su memoria. Sólo cabe una respuesta a esta ridícula suposición. Si una persona no sabe cuándo se halla dotada de conciencia, entonces habrá que someterlo, por cierto, a un test de salud mental.

El argumento es éste: «pues bien, Ud. puede haber soñado todo eso. En su sueño Ud. puede haber creído que se hallaba plenamente consciente». Pero éste es el reverso del razonamiento correcto. Bien puede suceder que en un sueño ignore un individuo que se halla inconsciente, pero cuando posee conciencia, entonces sabe positivamente que no está soñando. ¿Por qué? Simplemente porque poseemos un claro discernimiento del presente y del pasado cuando nos hallamos conscientes. Por eso debe descartarse desde ya la idea de que la proyección astral consciente pueda ser una reminiscencia onírica.

Pero sigamos adelante. De cuanto hemos dicho antes hemos podido extraer un cuadro mental bastante completo de una proyección del cuerpo astral, con la participación de la conciencia desde el mismísimo principio hasta el final del proceso. No es siempre éste el caso, sin embargo, sino más bien una excepción que rara vez se presenta en la experiencia corriente. La conciencia, en realidad, puede surgir en cualquier momento o en cualquier lugar o en cualquier posición durante el proceso. Puede alternar con la inconsciencia y puede suceder que nunca participo del acto en absoluto.

Por regla general, cuando la conciencia interviene, lo hace a partir del momento en que el cuerpo se ha separado y comienza a caminar, permaneciendo totalmente ajena al proceso anterior. Siendo éstos el tiempo y lugar más comunes para la intervención de la conciencia, son también los más convenientes; en efecto, se eliminan de este modo las desagradables etapas preliminares —mencionadas en la descripción anterior— que asaltan la conciencia del sujeto.

Las fases elementales —la catalepsia bajo control subconsciente, el zigzagueo y la sensación de flotar— no son nada agradables para ser experimentadas conscientemente (aunque con la práctica uno termina por acostumbrarse a ellas). No obstante, debe recordar que estas actividades previas siempre tienen lugar (siempre que, por supuesto, la exteriorización se produzca con el cuerpo físico en estado de trance en posición yacente horizontal), ya sea que el sujeto se halle o no desprovisto de conciencia.

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Acerca de Kalfuo Legba

Me apasionan los temas espirituales.

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